domingo, 26 de diciembre de 2010

MATRIMONIO Y MORTAJA


He querido iniciar este cuento titulando (así) pues la libertad que tienen nuestros cerebros, nos llevan a interpretar hechos y sucesos a nuestro libre albedrío y generalmente coincidiéremos que las cosas que nos suceden son cosas de buena o mala suerte, manteniéndonos siempre como un eje principal, dueños y señores de nuestras vidas.

Corrían los días del año 1962, había llegado al Callao en el año 1959, muy joven aún, completamente independiente, con un trabajo estable en la Empresa Santa Isabel S.A., la que tenía propiedades y negocios en La Perla, entre ellos el cine La Perla, que era una sala de exhibición de películas de estreno, así como teatro, donde acudían los ciudadanos de La Perla a ver películas y actuaciones de artistas y cantantes en boga, en esas épocas, era una sala para 2,000 asistentes, moderna y confortable.

Siempre sentí mucha afición por los vehículos motorizados y estaba aún fresco el día que me entregaron mi primer brevete, luego de pasar por las naturales expectativas.

Por mi natural afición a los vehículos motorizados y mi abierta comunicación con mis vecinos y conocidos, siempre trataba los temas en relación a los vehículos.


En esta oportunidad regresaba a La Perla, desde Lima, pues había ido a tratar sobre una película, a una determinada distribuidora de películas, la mayoría de ellas se encontraban cerca a la Plaza San Martín, así mismo, teníamos al entorno de la Plaza San Martín los cines Colón, San Martín, Metro y en la Av. Colmena el cine Le París,

Regresaba a La Perla, por la Av. Venezuela, que a pesar de ser una avenida que por el fluido tráfico de vehículos venían los vehículos lentamente, recuerdo que tomé la línea 7, cuyo último paradero o depósito se ubicaba en Chacaritas, muy cerca al Terminal Marítimo de Carga, en la Calle Grau.

Pues bien, como dije, vine por la Av. Venezuela, que por cierto tenía sus “bemoles” pero también tenía sus ventajas, sobre todo en el verano, pues unos hermosos ficus, árboles inmensos, circundaban toda la avenida, regalándonos un hermoso espectáculo a la vista, así como un fresco aire inigualable, existían al entorno grandes extensiones de terrenos que aún se dedicaban a la agricultura, destacándose casi en todo el recorrido el verdor de las plantas, regalándole al espíritu cierto gozo y paz infinita.

Llegué al Óvalo de La Perla, bajando del ómnibus, caminando, recuerdo con mi saco en el brazo a paso largo hasta llegar a la Calle Lima, siguiendo por ella, vi al amigo Balvich, gordito él, quien trabajaba en la línea de colectivos 21-C, cuyo paradero inicial se encontraba en el Callao, en el Jr. Arequipa y la Av. Sáenz Peña, su recorrido era todo el Jr. Arequipa hasta llegar a la Prolongación de la Av. Gálvez (más conocida la zona como Los Barracones) y luego seguía por la Av. Gálvez hasta llegar a la Calle Lima en La Perla. Por ella seguía hasta legar al Jr. Atahualpa, donde daba la media vuelta, tomando el Jr. Brasil.

Pues bien, el amigo Balvich, quien tenía un auto de marca Buick del año ’53 (carro para la época grande y pesado) el auto lo había levantado con una gata de parachoque (llamada así puesto que su trabajo de levante lo realizaba desde el parachoque del vehículo, en este caso del parachoque posterior, lado izquierdo).

Es así que el vehículo del amigo Balvich estaba levantado al máximo y la suspensión trasera, vale decir, el eje que sostiene las llantas posteriores se habían descolgado, siempre pegado al chasis, aparentaba las fauces de una fiera gigantesca.

Mi curiosidad y afición me llevaron luego del saludo correspondiente a preguntar ¿que tiene tu carro, hermano? Me respondió contestándome el saludo y mencionándome que se le había roto el resorte (de la suspensión o amortiguación) yo me quedé observando la suspensión, tratando de ver donde se había roto el resorte, el amigo Balvich fue hacia adelante, abrió la puerta delantera para sacar algo del tablero y yo acto seguido me puse en semi cuclillas, metiendo mi cabeza y parte de mi cuello para observar de cerca el resorte, cuando siento que una mano con fuerza me jala del hombro, diciéndome con energía ¡retírese de ahí!

Y ya, más que por las palabras, si no por el jalón y la fuerza del brazo, en mi hombro retiré mi cabeza y cuello, que había metido entre la carrocería y la suspensión (como si hubiera metido mi cabeza bajo una guillotina como las usadas en la Revolución Francesa) en ese instante, saltó la gata del parachoque cayendo la carrocería estrepitosamente (causando un ruido ensordecedor) cayendo la carrocería sobre la suspensión y ésta sobre el pavimento.
Me dijo casi gritando ¡la gata no es segura!

El susto que me gané por mi curiosidad fue tremendo e inolvidable (pues ya están leyéndolo, pues me acuerdo como si hubiera sido ayer), lo providencial fue que el amigo Balvich no solo gritó sino que corrió a jalarme del hombro pues por más que trato de recordar, no recuerdo que antes de jalarme, hubiera escuchado algo, sin embargo, conversando luego del percance él me repetía muy alterado, te estoy gritando, ¡que te retires! y no me hacías caso, lo veía a él agotado, fatigado y casi desesperado. Yo como no había vivido en conciencia el peligro me sentía bastante consternado, pero luego, agradeciéndole le dije ¡te debo una vida! Gracias, y mi ángel de la guarda también debe haberse puesto en apuros…

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