jueves, 17 de julio de 2014

LA SANTA INQUISICIÓN Y SUS TARAS

LA SANTA INQUISICIÓN Y SUS TARAS



Institución de larga data nunca eliminada de la vida de los ciudadanos peruanos, nido de los monstruos de todas las frustraciones, albergue de todos los odios, cueva de todas las maldiciones de esclavos y pecadores, se decía la máxima autoridad de ejecución de justicia y razón a la distancia de los tiempos. Apreciada como el brazo opresor, sin conciencia indolente a todo dolor y atrocidad de la clase humana para la maldad; espada de Reyes y virreyes en este Perú. En el pasado de esclavos y condenados a torturas mil.

Diríamos el monstruo no ha muerto, tiene mil caras y mil nombres, hacen que los mejores corazones humanos, maldigan su existencia y se acerquen al demonio, y entreguen su alma a las llamas del infierno, ese infierno de llamas inagotables, donde danzan los demonios más horripilantes y asquerosos, que siendo humanos sirvieron a Satanás, para convertir esos buenos corazones, en oscuros aspirantes a arder en las hogueras del propio demonio.

Luego de esta efímera y simplista observación de realidades humanas de siglos pasados, sobrevivientes en la actualidad, dado es, como la historia lo refiere en nuestros días, nos llevan a identificar estas cualidades en muchas organizaciones humanas, pero hoy trataremos sobre la justicia y sus representantes.

UN JURAMENTO BLASFEMO:

Servir a la justicia, es la acción más noble que todo ser humano puede aspirar, pero:

Juan se llamaba este hombre que vivió esta historia ruin, pero cierta:

Era dicen un estudioso del derecho, corrían los años 1700 d.C., joven aún de familia de poder y dinero, llegó a ser el presidente de justicia, alabado por todos, poderosos hombres de riqueza y títulos.

Trató el caso de unos indios que habían sido despojados de sus bienes; hizo justicia compensando a estos indios de manera superflua, pero al fin algo es algo decían muchos, pero cuando debía cumplirse tal sentencia, un felipillo  de esa gran corte, aceptó unirse a unos malandrines, que siempre existen en etnias y razas, poniéndose de acuerdo, martirizó a esos indios, demorando sus compensaciones, ganándoles la ansiedad, el hambre de sus hijos, comenzaron a maldecir su atribuladora situación.

Un día, al borde de la inanición, se les presentó el demonio, y les dijo, si cada uno de ustedes le da un latigazo al felipillo, que indolentemente me sirva. Al quitarles sus bienes, él morirá, y todos ustedes cuando mueran estarán condenados a arder en el infierno y mi corazón de demonio será más feliz que si solo arde el corazón del Felipillo.

Pero, hoy tendrán a disposición de ustedes sus bienes. Todos los indios se quedaron pensando, el hambre de sus hijos, apuraba una solución pronto.

Llegó una radiante luz en ella, un ángel, el demonio hipócritamente huyó. El ángel enviado por Dios ante tanta angustia, les propuso, ustedes no maten a nadie, sino se condenarán ustedes, a sus hijos y a los hijos de sus hijos, confíen en Dios y refieran sus males y deseos en oración por tres días seguidos y se hará justicia y así salvarán también al Felipillo, los indios gente noble que no guardaba odio alguno se reunieron y acordaron aceptar la propuesta del ángel. así lo hicieron, cumpliendo lo solicitado por el ángel.


A los días todos recibieron sus bienes, el Felipillo  renegando cumplió con sus obligaciones y, finalmente, su castigo fue perderse en el infinito de su propia amargura y dicen hasta hoy se escucha sus lamentos y quejas, cada vez que un justo pasa por esos lugares, cuál demente ofende e insulta amenaza, a todo ciudadano, que llega a la corte, sin encontrar salida, para satisfacer sus malvabas intenciones de hacer mal a los que buscan justicia, solo Dios en su grandeza podrá liberarlo de este martirio.

sábado, 5 de julio de 2014

La Vida se Da
La gota de agua




Salía fresca, de esa inmensa masa, la llamaremos  vida, llevada en el seno donde incuban todas las vidas silenciosas, aun, sin esperanzas ciertas.

Entonces, se elevan hacia ese cielo, que todos vemos mientras vida tenemos, y se aleja de esa superficie unida en la cual transcurre, las vidas dadas como tal, hasta su transformación, en otras.

Así, aun formando parte de un todo, un conjunto, se eleva y eleva, desde donde se podría ver inmensas porciones de nuestro globo terráqueo, en esa ascendencia que pareciera eterna, va germinando lo que llamaremos una GOTA DE AGUA, llegando el momento, el instante, en que desprendiéndose de esa masa gaseosa llamada desde la tierra “NUBE”, a gran altura en el espacio y gracias a temperaturas diferentes originadas por elevaciones del terreno global, nace, nuestra “Gota de Agua”.

Se precipita inevitablemente, desde esa gran altura hacia la superficie de la tierra, en ese recorrido raudo, ve inmensas porciones del globo terráqueo y así, raudo en su recorrido, la gota de agua recorre el camino   de su vida, siente en su entorno gran algarabía, son cientos de miles que hacen el mismo recorrido, observa, ve, que todas a la distancia, son semejantes a ella, piensa y dice, que maravilla es la vida, siente el calor de la compañía de tantas y tantas gotas, la alegría de unas, y el silencio de otras, hay algunas que se extinguen al cruzar una ave, una nave espacial y ella nuestra “Gota de Agua” se conduce, precipitadamente esquivando obstáculos, alarga su vida, y cada vez es más pequeña la porción de tierra que puede ver desde la altura en que su rauda caída la va ubicando.

Arrastrando con ella cuanta minúscula materia encuentra, influye en su rauda caída en todo lo que en su camino se cruza, para bien o para mal, nada la detiene, hasta que finalmente cumpliendo con su destino se estrella contra la tierra misma, o algo creada en ella y así una vida más cumple con su destino, convirtiéndose en parte de los millones de siglos de vida que se crean en este sinfín de los tiempos.

MORALEJA: Si ya naciste nada te detendrá en tu raudo camino a tu transformación final, para bien o para mal.


martes, 24 de junio de 2014

CUANDO EL DESTINO ESCOGE

Era una vez, un vecino común y corriente de un pequeño poblado allá en las alturas de un país llamado PERÚ, enclavado en un valle profundo de la Cordillera, siempre vivió en paz y tranquilidad, en un clima benigno, querido por todos, respetado por todos, pobre, pero honrado decían los lugareños.


Fue un día de fiesta lugareña donde se daban corrida de toros, competencias mil, danzas y bailes tradicionales del lugar. Como vivía algo alejado de la población, de regreso a su vivienda, enclavada en un terreno ubicado en las faldas de un cerro, faltando hay poco, para llegar a su vivienda dado los tragos o el fervor de su alegría o el destino puso esa piedra con la que tropezó, su montura, como le dan por llamar a la acémila que los transporta (al conjunto, animal, aparejo y montura) cayendo aparatosamente a tierra en medio de una oscuridad sepulcral, pues ni estrellas se distinguían en los cielos,  perdiendo o no el conocimiento, o la conciencia, diríamos algunos, más criollos.

Sin saber cuánto tiempo pasó en el estado referido, sintió, notó que se elevaba, no mucho del suelo, en que se encontraba estirado cuan largo era, miraba y no, pero registraba los hechos, paso a paso.

Así es como una luz intensa llegó a sus ojos,  que lo encegueció así de fuerte era, hasta ir recuperando la visión, viendo en su entorno pudo notar desde su posesión en que lo llevaban, un techo altísimo, un ruido de voces y pasos, que hacían hueco en las paredes, unos muebles de madera brillante, largos mostradores, un sin número de seres pequeños pero fuertes, con largas barbas unos, y otros lampiños, tenían piel de diferentes tonos y colores, resaltaba en ellos su frente amplia, sus ojos grandes, sus voces resonantes, roncas y fuertes, risas estruendosas de alegría y satisfacción;  todo esto le dio confianza y pudo observar con más tranquilidad el lugar, notando que lo acercaban a uno de los mostradores, altos y largos, brillante como todo los muebles que estaban en el lugar, se detuvieron, los que lo aupaban, pareciole que una fuerza desconocida para él lo obligó a pararse frente al mostrador, para que del otro lado del mueble lo atendiera, un ser semejante a los descritos y percibiera que le hablaba (entendía pero no escuchaba), tú tienes desde hace mucho tiempo esta talega, la que hacemos entrega, esperamos uses nuestra entrega para hacer el bien, si la usas para hacer el mal, serás castigado y desterrado de este mundo, a otro donde solo viven alimañas que tú nunca querías haberlas conocido.


Todo para él era tan confuso, aún en sueños, que al despertar tirado en plena falda de un cerro de 500 metros de altura, lleno de vegetación lugareña. Pastaban por ahí algunas ovejas, sintiendo que se encontraba en tierra de su propiedad, agarrándose la cabeza, se dijo así mismo, que había tenido un raro sueño, culpando a los tragos, y el agotamiento físico, por la danza y bailes realizados, se paró, comenzó a llover, como es natural en su natal tierra, gotas de agua gruesas y seguidas, que ya mojaban su ropa, al tratar de caminar, tropezó con ese bulto tan pesado como si fuera una piedra que estuvo a punto de traerlo a tierra, al bajar la vista identificó la talega que le entregaron en sus sueños (según él) pues al tomarla se sorprendió, pues tenía una inscripción que decía Lituan DXVI, era tan pesado que la levantó con alguna dificultad, a pesar de ser un hombre de 1.90 (un metro noventa), fornido por el trabajo fuerte que realizaba día a día.

Ya en su casa, abrió la talega y pudo ver cientos de monedas de oro puro y así su vida cambió, dicen que todos sus descendientes son hombres de bien, generosos, que por razones familiares están comprometidos a no revelar su identidad, ni la razón de tal actitud.



lunes, 25 de noviembre de 2013

UN PACTO QUE NO TENDRÁ FIN NO PACTE O TENDRÁ QUE CUMPLIR EL PACTO… DICEN…


INTRODUCCIÓN

El destino de los seres humanos como muchos sostienen, los construimos cada uno de nosotros, como dirían otros, es cuestión de voluntad y genio, finalmente podríamos decir, que este, se construye, en ciertos casos, por coincidencias, o porque alguien se cruza en nuestro camino de la vida, para bien o para mal. Ud. Podrá finalmente al terminar de leer este relato si fue para bien o para mal.

PREÁMBULO

Es el caso que por allá en los años 1800 y tantos, en un pueblo ubicado en una encrucijada donde Vivian aproximadamente unas 3, 000 personas donde comienzan cadenas de cerros que se van elevando mas y mas, camino al centro, a pocos kilómetros esta el mar con sus playas acogedoras, y, ruidosas, al chocar las olas con los peñascos, en sus noches oscuras, calurosas en los veranos, con inviernos fríos, con un cementerio donde descansaban habitantes ya fallecidos desde hace cientos de años y otros no tanto.

Sus gentes se sentían mas seguras no saliendo a las calles en altas horas de la noche, como en todo pueblo, se contaban cosas y cosas, del pasado, algunas muy tenebrosas, otras no tanto pero la oscuridad llamaba a temer, es así como:

RELATO 
Un ciudadano José hombre, asambado, de unos 30 años de edad venido no se sabia de donde, tomador empedernido, caminaba las calles vociferando incoherencias, ya para las beatas era un condenado, por uno y mil pecados, dormía donde el sueño lo vencía, trabajaba para todos y ninguno, mas hacia mandados, que trabajos fuertes o permanentes y lo llaman José “el pobre” bautizado así, nadie se preocupo por conocer sus nombres, era bastante fuerte y físicamente hablando de 1.90 de estatura.

En una noche de esas, oscura como ninguna, embriagado caminó y caminó, trepando por la falda de un alto cerro, árido, donde corrían vientos fuertes y fríos, resbalando fue a dar al suelo, salvando su botella, llena de licor brazo en alto, recostado sobre una piedra NEGRA, pues decían era el asiento del diablo siguió bebiendo, dice para calentar el cuerpo, maldiciendo su pobreza, y los dolores que le producían las múltiples magulladuras que tenia en el cuerpo, y algunas sangraban ya, observando la roca negra y lustrosa la que se encontraba talladas figuras terroríficas con diablos y demonios, gritó a voz en cuello, “Yo soy el diablo, esta es mi roca”, seguidamente atragantándose bebió todo el licor que le quedaba como decían era un pisco puro de uva, otros decían era puro alcohol. En eso apareció un energúmeno, con una barra de fierro ardiente en sus manos, gluturando palabras resonantes y roncas, le dijo “José el pobre” que quieres, este, asustado de tamaña aparición dio unos pasos y rodo por los suelos, el aparecido lo cogió por sus ropas, lo arrastro y tendiéndolo al costado de la roca, se sentó frente a el en la roca le hablo cara a cara botando por sus fauces un olor a “demonios” José el pobre se puso a lloriquear y pedir perdón, a suplicar que lo dejara ir, el aparecido  no era sino el mismísimo demonio, lo dejo, tranquilo, y le dijo yo te protegeré, te hare el hombre mas poderosos y rico de esta comarca, tendrás todo cuanto quieras, solo tienes que comprometerte a recorrer el pueblo, montado en el mejor caballo que te daré, todos los sábados, del año desde las 10 de la noche hasta la 1 a.m el caballo llevara una campanilla en el cuello la que anunciara tu paso, no temas nada pues yo estaré siempre contigo, y, nadie podrá hacerte daño, todos te respetaran y a todos les darás lo que tu quieras.

José “el pobre” sin creer aun en lo que oía y menos aceptar que estaba frente al mismísimo “diablo” le dijo quiero una botella del mejor pisco de la región, apareció en su mano una botella de pisco, llena, probando el licor a tragantadas, “José el pobre” acepto diciéndoles, si cada vez que quiera un pisco me vas a dar uno como este “acepto”, y así sellaron un pacto que al despertar, tirado en la falda del cerro árido, con un sol tremendo sudando como potro desbocado, comenzó a recordar lo pactado, con el “diablo” que lo aceptaba como una pesadilla, y con una cruda que parecía, hacerle estallar la cabeza, bajo del cerro al pueblo, se miro, y, se vio limpio, perfumado, zapatos nuevos, metió su mano en el bolsillo derecho se encontró con monedas de plata y oro de esa época, fue a una casa de pensión donde jamás pensó entrar y solicito un cuarto, con luz y agua, pago por una semana, comió hasta saciarse y luego se fue a dormir por primera vez en una cama, con sabanas limpias, pensando, si seria verdad que trato con el mismo diablo.

Al día siguiente se levanto, miro al costado de su cama habían dos petacas de cuero, amarradas, desato una de ellas, estaba llena de soles de plata y la otra monedas de oro, ese día se quedo en la cama hasta las 3 de la tarde, cuando le tocaron la puerta, anunciándole que lo buscaba un criador de caballos, que traía un caballo negro brilloso como ninguno, con apariencia de primera, riendas de cuero y plata, estribos y espuelas de plata.
Presentándose le dijo “su mensajero me encargo que le trajera el mejor caballo que tengo, con su aparejo completo salió a la vía, viendo el imponente animal totalmente aparejado aprecio las riendas, la montura y las espuelas luego le cancelo el precio solicitado en monedas de oro y plata.
Al anochecer llego a la pensión, un conocido, hacendado del lugar, ofreciéndole en venta sus terrenos, que eran de 70 fanegadas de tierras productivas colindantes con el pueblo, que quien lo enviaba había aceptado el precio, que, le mencionaba 100,000 soles de plata ingreso a su cuarto del hospedaje y encontró dos petacas de plata mas, conteniendo s/50.000 monedas de plata c/u; y así, firmando el recibo correspondiente se estrecharon las manos en señal de conformidad, el vendedor, lo invitó a que lo acompañara, para que tomara posesión de la casa hacienda y los terrenos y así fue como, ya dueño de una hacienda, con personal y todo, poseedor de un magnifico corcel, se acordó que el día siguiente era sábado.

A las diez de la noche del día sábado, el señor José cogió su caballo, el que vino con campanilla de oro, paseándose por el pueblo ofreciendo, ayudar, a unos darle el trabajo a otros, bajando de su hermoso caballo, en ciertos negocios invitándoles tragos a unos, comida  a otros y “así” se cumplió el primer compromiso de un día sábado de 10 a 1 a.m.

Pasaron los días, fue como llaman en las provincias, año de pocas lluvias en la Sierra, el agua temporal; no fue abundante, no pudiendo regar totalmente las 70 fanegadas, compradas, y, mas bien se avizoraba poca producción, y escasez de agua, cuando una de esas noches se le aparece “el aparecido” bien vestido de Frack y todo, y le dice Pedro, porque no me llamas y dejas de estar preocupando, en este mismo momento parte de tus tierras se están anegando, pues, esta brotando caudales de agua, del cerro, construye una laguna y no te faltara agua en todo el año, compra reces y construye establos, pues serás el “rey de la leche en la comarca” y así Pedro compro reces, ya lo llamaban “el rey de la leche” y siguió comprando terrenos llegando a tener cientos de fanegadas, casas, cría de caballos de raza, siendo siempre generoso con todos los habitantes del pueblo, construyo una planta desmotadora de algodón, una de las mas modernas del país, una fabrica de fideos, embasadora de gaseosas, finalmente un sinnúmero de vehículos de transporte de la época, regalo al pueblo vías empedradas, veredas de losetas importadas, sala de exhibición de películas; y así se fue transformando en una leyenda y nunca dejo de pasearse por el pueblo a caballo los días sábados de 10 a 1 a.m.

Todos los habitantes que se cruzaban con el lo saludaban afectuosamente, pues siempre estaba dispuesto a solucionar todas las carencias del pueblo y sus habitantes, cuando cumplió 100 años de edad, dicen desapareció no se ejecutó sepelio alguno y no falta quienes dicen haberlo visto montado en su imponente caballo negro, aun en nuestros días pasea por el pueblo… cumpliendo aun su pacto… 

miércoles, 29 de agosto de 2012

LA HIJA DEL SOL - LA DIOSA ENCANTADA




En una época ya lejana, en las alturas de nuestra cordillera, donde el hielo abundaba y el frío era intenso, vivía en un valle muy profundo, tan profundo que el clima, conforme se descendía a él, cambiaba hasta llegar a ser caluroso, por lo que su vegetación era muy variada. Las noches eran muy oscuras, en el fondo del valle El Misterio se sentía.

Discurría un río con abundante de aguas cristalinas, que con los rayos del sol parecía un espejo, pues reflejaba luz blanca e intensa.

Asimismo, la fauna era abundante, especies de una muy numerosa variedad y se podían escuchar cánticos muy tristes así como alegres, que hacían vibrar el espíritu al compás de los cánticos que se escuchaban.

Los colores de las aves eran tan variados como relucientes y con unas combinaciones de colores tan perfectas, en cuanto a la vista de quienes podían apreciarlas, que provocaban alegría infinita y deseos de contemplarla sin moverse por horas.

Existían ciertas caídas de agua en el recorrido de su río, que semejaban mechones de largas cabelleras, de acuerdo a la hora del día en que se apreciaban cambiaban sus colores cual arco iris, deslumbrando a quienes podían verlas.

No faltaban algunos animales rastreros y bichos que marcaban la grandeza del lugar como acogedora generosa y religiosa.

Los lugareños que vivían en caseríos y pequeños poblados cerca al valle discreto, afirmaban que en él sólo vivía una dama muy hermosa y misteriosa, de cabellera larga, de vestidos largos y vaporosos.

Se comentaba que era una extraordinaria curandera visionaria, que conocía a la perfección las facultades curativas de la gran variedad de plantas silvestres que pululaban en el valle, como en las alturas que lo circundaban, manteniendo un verdor permanente durante todo el año, así como una inmensa variedad de colores, sea por las flores o las propias plantas, que solo en esa zona crecían.

Los árboles frutales eran tan abundantes como la gran variedad de plantas.

A ningún lugareño se le ocurría bajar al valle para vivir en él, pues se decía que quienes lo habían intentado, luego de un tiempo nadie sabía más de ellos.

Se contaba en los pueblos cercanos que cuando los pueblos de América fueron esclavizados, el señor inca, gran monarca, dueño de vidas y vastos territorios, generoso con sus súbditos, cazador y gran guerrero, al ver diezmado sus ejércitos, pudo llegar de retorno a su palacio, efectuando un rito en la profunda cueva del valle, donde moraban los dioses, vertiendo su sangre a gotas durante tres días, para que salvaran los dioses a su hija Dina, princesa de la comarca, única heredera de todas sus propiedades, desde la parte más alta de la cordillera hasta el confín más profundo del mar.

El dios Sol consultó con su esposa y sus hijos, quienes moraban allá en el infinito, quienes condolidos por la pérdida causada por los invasores, rompiendo su compromiso con los humanos decidieron comprometerse a salvar la vida de la diosa Dina, a cambio de que cuidase su virginal cuerpo y si decidiera perderla, concebiría una hija que así perpetuaría su raza por los siglos de los siglos.

Dina, Hija del Sol, a quien se le consideraba una diosa, hija del rey (monarca – inca) de sangre real perpetuó su existencia hasta el momento en que iniciamos nuestro relato, pues quienes la habían visto, referían que se trataba de una bellísima mujer, alta, de un rostro lozano y hermoso, con unos ojos grandes y bellos, que siempre vestía a la usanza de sus antepasados, con faldones largos y transparentes y de bellos colores, un busto prominente, un cuerpo, dirían, voluptuoso, de un caminar suave, ágil, su perfume, decían, se esparcía por todo el valle, pues era muy singular.

Muchos la temían y otros la adoraban, pues decían, podía curar todo mal, salvando vidas, en el transcurso de los cientos de años ya transcurridos.

Juan, hijo del monte, de la alturas, gran jinete, hijo de uno de los hombres más ricos de la región, era, decían, un gigantón, fuerte y bien proporcionado (como si fuera un deportista moderno) acostumbrado a los viajes largo, a caballo, por las alturas, durmiendo donde la noche lo alcanzaba, hombre de carácter fuerte, noble en sus actos.
Juan, tenía ya cinco días de camino en una sola dirección, como si algo lo empujara a un destino determinado, sabía que se había alejado de las propiedades de su padre, hombre con una regular experiencia, pues ya había cumplido los treinta años de edad y se sentía solo pero feliz, pues podía hacer lo que más le gustaba, la aventura, los viajes a uno y otro confín.

Llegando así a ir pasando por el borde del valle El Misterio, siendo ya la hora del crepúsculo, su caballo Sol de Oro tropezó, se fue de bruces y rodó cuesta abajo, deslizándose caballo y jinete hasta un andén que permitió detener su caída, sabe Dios con qué consecuencia, quedando inconsciente; durante toda la noche el noble corcel permaneció a su lado, comiendo las hierbas que a su entorno habían.

Por la mañana muy temprano, como era costumbre de Dina, salió de su casa que por cierto era impresionante, con un corredor al frente de ella, donde pasaba largas horas, pudo divisar el corcel que permanecía de pie al lado del jinete caído, quien comenzaba a quejarse por los fuertes dolores que le producían las lesiones sufridas.

Dina, un tanto por curiosidad, como por resentimiento de su autoridad, llamando a sus dos perros guardianes, comenzó a escalar hasta llegar donde se encontraba el jinete herido y su caballo, al verlo sintió cierta ira, dominándola la curiosidad y sus sentimientos que en el momento no los tenía claros.

Acercándose al herido comenzó a pasar sus manos por todo su cuerpo, sin siquiera rozarlo, mostrando su rostro cierta ansiedad, en ese instante, Juan, sonriendo ante la presencia de tan bella dama, olvidando sus dolores por un instante perdió la conciencia al instante, Dina con ademanes y órdenes verbales, hizo que sus perros se quedaran cuidando al herido, regresando a su casa presurosa, regresó al lado del herido con unos vendajes, pócimas y brebajes.

Ya al atardecer, el herido recuperó el conocimiento, sus dolores eran poco intensos y así, con la ayuda de Dina, pudo subir al caballo desde un promontorio, así fue descendiendo a paso lento, tomando Dina las bridas, vino guiando al caballo hasta llegar a la casa, cuando ya caía la noche. Con ayuda de Dina, Juan pudo bajar del caballo, claro que también los brebajes y los emplastos puestos sobre el cuerpo de Juan cumplieron su función de sanación, no en vano Dina tenía fama de ser la mejor curandera de esas tierras. Todos decían que era una Diosa Encantada.

Luego de cinco días de contar con las atenciones de la diosa Dina y sus recetas mágicas, Juan volvió a la realidad.

Juan sintió que alguien ingresaba a la pieza en que se encontraba descansando desde hacía cinco días, tenía ya como unos veinte minutos que trataba de recordar y saber dónde estaba, pues sólo tenía presente que caía de su caballo a un precipicio, no creía estar vivo, por lo que observaba cada madero, cada piedra, cada detalle, tratando de recodar y reconocer algo, mas todo era extraño y desconocido para él.

Sólo sentía un perfume suave, agradable y fresco en el ambiente, que le producía cierta alegría inexplicable, cuando quiso mover una de sus piernas sintió dolor y entumecimiento, tenía una rigidez total en el pecho y el hombro, sentía como si una mano gigante y poderosa lo atenazara, sólo pudo correr su cuerpo un poco sobre su cama, con gran esfuerzo.

Cuando de pronto se abre la puerta que tenía al frente y la luz  que ingresaba dibujaba una figura de mujer alta, entre lo vaporoso de sus ropas, al caminar parecía una figura de encanto, nada terrenal, más bien celestial, conforme se acercaba fue distinguiendo un bello rostro con una sonrisa casi celestial que lo cautivó de inmediato, más aún un olor indescriptible, con un aroma casi por demás agradable, lo que hizo pensar a Juan que se encontraba en el cielo y que la mujer que se acercaba era un ángel, pues a pesar de sus dolores y rigidez, pudo preguntarse: -¿dónde estoy?, por respuesta recibió una pregunta: -¿te sientes bien?.

Él ya, sin tener la luz que le daba directamente a la cara, pudo apreciar el bello rostro y el hermoso torso de su interlocutora, tenía una sonrisa que lo embriagaba, dulce e infinita.

-¿Dónde estoy? ¿Cuánto tiempo tengo aquí? ¿Qué me pasó?, seguía Juan preguntando.

Sonriendo y más bien con mucha familiaridad, Dina le respondió: -Eres mi paciente, pues sufriste una caída de tu caballo y te encuentras en plena recuperación, hace cinco días que estás en mi casa, mi nombre es Dina.

Como Juan la mirase extrañado le dijo: -más me conocen como la diosa encantada y estás en el valle El Misterio, esta es mi casa y usted está en mis tierras.

-Usted no parece ser de por acá, por lo que observo, debe tener usted propiedades y venir de muy lejos, su caballo es de buena raza.

Juan contestó: -si, no sé qué pasó, he cabalgado cinco días, pensé que estaría llegando a mis tierras, mi caballo estaba muy cansado por eso cayó y rodó, yo perdí el conocimiento, no sé cuánto tiempo ha pasado, ¿usted lo sabe?.

Dina le dijo que no se preocupara, que tenía cinco días en su casa y que pronto sanaría, pero debía permanecer en cama unos días más.

Él la miró, Dina le tocó la frente con una de sus manos y con la otra tocó su rostro, Juan perdió el conocimiento pues aún estaba muy débil, Dina trajo un brebaje y tomando la cabeza de Juan hizo que bebiera, luego frotó su cuerpo con un líquido verdoso y unas hojas frescas, lo cubrió con unas mantas, retirándose sigilosamente.

Al día siguiente ya el sol había alcanzado el fondo de la quebrada, pues su luz alcanzaba a ingresar a la pieza de la casa donde Juan descansaba, quien despertó ya totalmente lúcido, viéndose cubierto de hojas, trató de limpiarse e intentó levantarse, los dolores que sintió fueron múltiples y agudos, dejándose caer en la cama, mirando cuanto podía comenzó a meditar sobre su permanencia y nada tenía más claro que la figura de una hermosa mujer y un rostro angelical.

En ese instante se abrió la puerta, ingresando la mujer que él pensaba que era sólo su imaginación, la que traía a su mente, pues pensó “Juan”, todo es verdad, ella es la que me atendió”, levantando el torso sobre sus codos, cuando vio cerca a Dina le preguntó: -¿quién es usted?

Ella respondió: -ayer te dije quién soy, soy Dina, más me conocen como la “diosa encantada”, casi no salgo de mis propiedades, vivo aquí desde que tengo uso de razón y no permito el ingreso de personas desconocidas, siempre he vivido sola y así será siempre, en cuanto puedas caminar debes irte.

Juan, dejándose caer en la cama dijo: -te agradezco tus atenciones, pero ¿quién atendió mis heridas?, pues ya casi todas han cicatrizado y me siento curado, quisiera conocerlo para agradecerle sus atenciones y pagarle en cuanto pueda todo lo que él considere.

Dina acercándose a él le dijo casi al oído: -ya te dije que soy curandera, aquí vivo sola y sólo porque estabas mal te he permitido quedarte, pronto te sentirás bien y deberás emprender tu viaje.

Dina salió y regresó con unos menajes, con agua caliente y unas hierbas dentro de ella y le dijo a Juan que lo ayudaría a levantarse para que se asee.

Acercándose a él lo tomó por el costado, poniendo Juan su brazo al entorno de su cuello y hombros, se fue acercando al borde de la cama, apoyando sus pies en el piso hasta quedar sentado, Dina lo animaba diciéndole que no se preocupara, debía de pararse.

Juan, más que dolor se sentía totalmente embriagado, no podía razonar, pues al sentir el roce de su piel y la fragancia que emanaba de Dina y ese calor infinito que lo invadía, que ingresaba a su ser, sintiendo una felicidad infinita.

Dina lo tomó por la cintura y le dijo que se levante –tú estás bien. Y con voz suave pero firme le dijo: -te lo digo yo.

Y fue como si recibiera una poderosa orden y se puso de pie, siempre tomado por Dina de la cintura, llegando hasta el recipiente lleno de agua tibia de color azul, que se encontraba sobre un pedestal.

Dina comenzó a lavarlo haciendo que se agache, le fue mojando la cabeza, los brazos, hasta que Juan comenzó a lavarse solo, se mojaba la cabeza, el rostro, una y otra vez, tratando de ordenar sus ideas, sin conseguirlo, finalmente secándose se irguió totalmente mirándola quiso hablar, pero Dina le dijo: -No digas nada, regresa a tu cama que ya hablaremos más tarde, pues tengo que salir a buscar algunas hierbas y tierra de la cueva de las lechuzas para curarte.

Se retiró y él la siguió con la mirada, su cuerpo cimbreante y tan suave, ágil, al caminar lo trastornaron aún más.

Juan no recordaba haber visto una mujer tan bonita y menos tan firme en sus actos y palabras, tan dulce, pues las horas se le hicieron siglos, hasta que sintió que regresó.

Juan, que se encontraba echado, se levantó con no poco esfuerzo y salió hasta llegar al corredor que tenía la casa a todo lo largo, saliendo Dina detrás de Juan invitándolo a sentarse en uno de los “poyos”, así se llamaban a unos asientos rústicos, los que combinaban con muebles de madera tallados, quizás de mucha antigüedad. A la sombra había una frescura muy agradable, el sol ya se ocultaba pues la altura de los cerros y la abundante vegetación hacían que a horas tempranas la luz del sol no llegara.

Dina se sentó al lado de Juan y le dijo: -desde este lugar divisé tu caballo parado, esperé y no se movió, por lo que decidí subir la ladera hasta llegar y pude verte, tirado en el suelo, inconsciente, no sabía cuánto tiempo tenías en el lugar pero por las huellas supuse que tú y tu caballo se habían deslizado desde el camino, te vi golpeado y te atendí hasta que diste muestras de recuperación, pero tenías varias fracturas, golpes y heridas que traté de aliviarlas con ms manos, logrando que pudieras subir a tu caballo y te traje a la casa, pues veía que no podías seguir tu viaje.

Juan le dijo que le agradecía todas sus atenciones y le preguntó si vivía sola, Dina asintió con un gesto y él le preguntó por qué.

Dina le dijo que hacía muchos años que vivía en el lugar y que no necesitaba ayuda, todo cuanto necesitaba lo tenía y le pidió por favor que no insistiera en preguntarle sobre ella, que creía que era un hombre bueno y que cuando se sintiera bien debía seguir su viaje.

Juan le respondió que así sería, pero que quería saber dónde estaba. Dina le respondió que se encontraba en un valle entre los ríos Colca cerca al Cañón del Colca que a la derecha estaba el Cuzco y a la izquierda, Arequipa. Juan se quedó pensando, él sabía que venía del Cuzco

Y le parecía imposible estar cerca a Arequipa, sintiéndose afiebrado y débil, trató de pararse para ir a su cama, tuvo que sentarse precipitadamente, Dina al darse cuenta de su estado se acercó y lo ayudó a ir a su cama, para luego, traer unas frotaciones y vendas, hizo que Juan tomara unos brebajes calientes, quedándose profundamente dormido.

Al día siguiente despertó sobresaltado, recordándolo todo, se vistió y buscó a la mujer que lo había atendido, mirando por el costado de la casa la divisó junto al lecho del río que discurría al fondo, a unos cien metros, y así Juan inició el descenso hasta llegar al lado de Dina, que se bañaba en las aguas calmas que tibias discurrían. Al verla pararse desnuda él retrocedió y se hizo notar, ella se cubrió con una manta grande, cubriendo todo su cuerpo, Juan sintiéndose acalenturado, bastante trastornado, no sabía qué decirle a Dina y sólo atinó a saludarla, ella sonriente no parecía sorprendida, le dijo: -te sientes bien, pero todavía no abuses, tus lesiones aun internamente no han sanado, pero si gustas puedes bañarte, yo te acompaño para ayudarte a subir.

Y así Juan se desnudó entrando al agua, Dina de espaldas se sentó dentro de la vegetación esperando que salga Juan del agua, sin perderlo de vista, pues no tenía seguridad de su estado de salud. Luego de unos minutos salió Juan del agua y se vistió.

Los dos se sentaron en una gran piedra y Dina, mirando los ojos de Juan le dijo: -espero que en unos dos días estés listo para continuar tu viaje.

Juan asintiendo le dijo: -no quiero abusar de tu hospitalidad, más bien te invito a que conozcas mis tierras y mi familia, pues me siento en deuda contigo y no quisiera dejar de verte.

Dina, mirándolo le dijo: -yo no puedo salir del valle, no quiero ni puedo mentirte, vivo en este valle no sé cuánto tiempo, de los alrededores nadie se atreve a venir, soy hija del último inca, señor de todo el imperio, entregada por mi padre a nuestro dios el Sol y él me protege, mi linaje no acabará jamás, tengo el poder de curar a las personas, de ver todo cuanto sucede fuera de aquí, presiento todo cuanto me pueda suceder y siempre he vivido sola.

Juan pensó que quizá la soledad le había afectado, pero si yo mismo he sentido su facultad de curar mis heridas, y así en silencio retornaron el camino a casa.

Entrando a la casa, Dina tomó de la mano a Juan, se sentaron en el “poyo” (que no es sino una construcción de piedra y barro a semejanza de una banca bastante larga), la naturaleza del entorno de la casa era abundante, el cantar de los pájaros conformaban un cúmulo de cánticos que parecían celestiales, a tal punto que Juan dijo: -parece que todos los pajaritos que cantan lo hicieran a un solo ritmo. Que lo hacían sentir como si su cuerpo flotara, sensibilizándolo, a tal extremo que deseaba acariciar con ternura el rostro de Dina.

Dina acarició la mano de Juan diciéndole que -estaba segura que volvería él, fuera al lugar que fuera, pues nuestros destinos están unidos por voluntad de mi dios el Sol.

Ya los tiempos habían pasado y tocaba relevarla por una diosa, de la cual él sería el padre, que luego, pasado el tiempo, ellos vivirían eternamente en el reino del dios Sol, en señal de resignación y aceptación, besó los calientes labios de Dina, correspondiéndole con el mismo ardor que Juan la besaba… y así pasaron juntos algunas semanas, prodigándose caricias día y noche hasta que él le dijo que viajaría a sus tierras para hablar con sus padres y que regresaría lo más pronto posible.

Muy temprano, al día siguiente, tomó su caballo, Sol de Oro, que por cierto se encontraba altivo y fuerte, se despidieron amorosamente con un beso profundo y largo musitando ambos palabras de amor.

Comenzó Juan montado en su caballo a ascender hasta llegar al camino de herradura que bordeaba las tierras de Dina, Juan sintió como si estuviera flotando, el aire le golpeaba la cara, obligándolo a cerrar los ojos, cuando de pronto sintió un silencio y una calma absoluta, al abrir los ojos se encontró que estaba ya cerca a la casa de sus padres, consternado, respiró hondo y continuó su camino en dirección a la casa.

Llegando a la casa sus perros que eran numerosos comenzaron a ladrar y aullaban mirando el cielo, saliendo de la casa de sus padres y el personal que estaba en ese momento en la casa, ante tal algarabía causada por los perros y los bufidos de las reses y caballos que se encontraban en los corrales, al aperarse de su caballo Sol de Oro, como lo llamaban, fue abrazado por su padre, y así se acercaron a su madre y hermanos y personal, todos lo miraban como si fuera un “aparecido”, pero Juan calmadamente les fue relatando todo cuanto había vivido en el tiempo que no estuvo en casa, cuidándose de no manifestar lo extraño, lo misterioso de su amada Dina.

… y así, después de algunos días, manifestó a sus padres que tenía que regresar a los predios de Dina, pues la amaba y se casaría con ella, sus padres y hermanos le ofrecieron acompañarlo Juan le dijo que en este oportunidad no era conveniente, que él regresaría pronto y entonces sí podrían acompañarlo.

El día que partió hubo truenos y  relámpagos, una lluvia torrencial acompañó su salida… para no regresar nunca más.

Al día siguiente el sol brilló como nunca había sucedido, pues su hija sería amada y su estirpe continuaría reinando en el valle del encanto.

Se dice que desde entonces existen dos nuevas estrellas en el firmamento, una inmensa y poderosa y otra brillante y hermosa.

Por los siglos de los siglos. Amén…

miércoles, 2 de mayo de 2012

DISTINCIÓN A NUESTRO DIRECTOR


La Revista Alma Porteña agradece la distinción otorgada a su Director por difundir noticias sociales, políticas y turísticas a nivel nacional, conforme puede verse de la diploma que publicamos.


LA EXPERIENCIA ENSEÑA


En el departamento de Ayacucho, provincia de Lucanas, existe un distrito llamado Llauta, el que colinda con la provincia de Palpa, que pertenece al departamento de Ica, hoy región Ica. Llauta es una provincia que se encuentra a 2200 mts de altura, en nuestra Cordillera, donde se origina el río Palpa, encontrándose en esta prov incia un lugar llamado Ailapampa, con una veintena de casas, hace muchos años atrás en los años 1830 un italiano llamado Francisco Degregori Chiessa, afincó en este poblado, era ganadero, próspero, tenía tierras de invernación de ganado (engorde), existiendo hasta la fecha la mencionada casa hacienda que por cierto destaca en el lugar, que consta de 2 plantas, 11 cuartos de 5 x 6 c/u. en el 2º piso - un corredor – comedor – cocina - dormitorios, en el 1º piso, un patio de 40 x 15 mts empedrado - cruzando el patio al frente 6 cuartos de 5 x 6 de una planta todo con techo de calaminas y un corral para el ganado de 2000 mts2.

Don Francisco Degregori Chiessa es mi abuelo, tuvo con su esposa, mi abuela Ricardina Bendezú, 12 hijos, siendo en la actualidad numerosos los familiares con el apellidos Degregori, descendientes de Don Francisco, emigrante que llegara al Perú por el puerto del Callao en los años 1822, padre de doña Enma Degregori Bendezú, quien fuera mi madre.

Para ese entonces tendría yo, de 10 a 12 años, por razones que no recuerdo con exactitud, se me encomendó ir de Ailapampa, de la casa de mi tío Amadeo, a la casa hacienda de un primo, Jorge Guillén Degregori, el camino por donde debía ir era un camino pegado a la falda de los cerros, que por cierto son altísimos y llenos de vegetación, lo que ya había incursionado en alguna oportunidad era morada de pumas, el llamado “león peruano”, fiero, noble, y solo caza cuando tiene hambre, no es carroñero, perdices, vizcachas y guanacos en las partes más altas, así como algunas alimañas, como la apancora, araña temible, que lanza bufidos en medio de las lluvias y otras variedades de alimañas.

Era un día del año 1950 ó 1951, en los meses de Enero o Febrero como es sabido, épocas de lluvias intensas, de abundante agua, época de inundaciones, ríos cargados (llenos de agua), “canganas” ruidosas, por donde corren grandes caudales de agua a velocidad vertiginosa, arrastrando piedras y plantas, según sea la intensidad de las lluvias, todo esto debido a la gran altura de los cerros desde cuyas simas, las gotas de agua se convierten en pequeñísimas corrientes que por la inclinación de su configuración, discurren llegando a estas grietas que se forman desde la sima hasta sus bases, con el pasar de los siglos se han convertido en verdaderos cauces profundos, por donde discurre el agua de las lluvias hasta llegar a los ríos (en este caso el río Palpa) bajan sus aguas con gran estruendo, haciendo temblar la tierra cual terremoto.

Es así como en cumplimiento del encargo, decido cortar camino, todos sabemos que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos equidistantes, en este caso (2 km más o menos).

Bien, aplicando esta lógica, ingresé a los cercos sembrados de “alfalfa” gran alimento para los animales (en este caso reses, caballos, carneros, etc.) continuando mi travesía ingresé a un cerco, cuya alfalfa había crecido tan alto que casi me cubría por completo, estando casi a centro del “cerco” (cerco es un espacio de terreno, circundado por “pircas” hechas de piedras superpuestas, estas pueden ser de dos metros más o menos, permitiendo identificar la propiedad e incluso llevan nombres para mejor identificarlos.

Es así como escucho a lo lejos unos ladridos broncos y fuertes de por lo menos tres perros, apuré el paso cuanto pude, abriendo la alfalfa con mis brazos, divisando la pilca bastante cerca, voltee a mirar y logré ver tres cabezas de perros que se perdían y aparecían, saltando y corriendo, venían a mi encuentro rabiosos y ladrando, sentí que me encontraba en un gran riesgo de ser atacado por estos perros que eran inmensos y bravos pues eran la seguridad de la casa hacienda del primo quien yo debía entregar el encargo.

Por suerte esta pilca si bien es cierto tenía aproximadamente dos metros de altura, no era lisa, unas piedras sobresalían más que otras, por donde me encaramé lo más pronto posible (dentro de los límites que mi corta edad me permitían) llegando a estar en la cima de la pilca antes que los furibundos perros me alcanzaran, esta era la última que tenía que pasar, ya que daba al camino que me conduciría a la puerta de la casa hacienda.

Y así tuve un final feliz, fue una experiencia crítica, mi regreso sí lo hice por el camino que era mucho más largo, pero que me daba seguridad.

Moraleja: “No siempre el camino más corto es el mejor” o “Más vale rodear que rodar”.