lunes, 13 de diciembre de 2010

UNA OCURRENCIA COTIDIANA


El distrito de Miraflores, que es parte de la región Lima, es uno de los distritos más antiguos y sofisticados de nuestra región, sus playas, su comercio, sus plazas, jardines, casas comerciales, sus avenidas, el comercio en general, no tiene que envidiarle nada a las grandes ciudades del continente, sus misterios y vida nocturna, andan a la par con la modernidad continental y transcontinental.

Para enfatizar aún con mayor claridad, diremos que Miraflores es la sala donde los turistas y peruanos encontrarán cuanto deseen y los satisfaga, en cuanto a comercio, comida y distracciones diurnas y nocturnas.

En este medio nos vamos a ubicar en los años 1986, época de verano, viniendo de Lima a Miraflores, por la Av. Arequipa, cuadra 36 (venía en mi auto Volkswagen 1976, trabajando como taxista) a unos 30 metros, diviso a dos “caballeros” a cual mas alto, con tipo de extranjeros, uno más fornido que el otro, el más delgado, agachándose se dirigió a mi, preguntándome cuanto le “cobraba” por llevarlos hasta la Av. Brasil, la última cuadra. Le hice la oferte, aceptando, abriendo la puerta, invitó a su acompañante a subir en el asiento de atrás.

Una vez los dos pasajeros ubicados dentro del vehículo, inicié el recorrido; serían las 6 p.m. de un día domingo, de paz y tranquilidad por esa zona, bajé unas cuadras por la Av. Arequipa, mis pasajeros resultaron muy bulliciosos y alegres, pues se reían a mandíbula batiente, con palmadas groseras, supuse que lo hacían para amedrentarme, pues el olor a alcohol y pasta era nauseabundo.

Llegando a la Av. Angamos, doblé por ella prendiendo la luz del salón, más por precaución y para poder disimular mi mirada de reconocimiento a cada uno de ellos, ante esta acción de prender la luz del salón, la que se encontraba al centro del techo del vehículo, el ciudadano que venía en el asiento posterior, la apagó, acto seguido, abriendo los brazos puso una mano en la puerta izquierda y la otra en la puerta derecha, demostrando una cobertura de brazos bastante amplia, metiendo casi su cara por el centro de los dos asientos, con voz estruendosa dijo: “la luz me molesta” ¿que pasa? Sacando fuerza de flaqueza (bueno, esto no es mentiras, por entonces estaba muy, pero muy delgado, no más de 54 kilos era mi peso).

Respondí, yo trabajo con la luz de salón prendida y acto seguido volví a prenderla, el pasajero que venía adelante, se encarrujó cual boa, encogiendo las piernas, poniéndose en tal posición que me miraba directamente con los brazos metidos en las piernas, dijo: ¡este carro es mío, pues yo lo paré!, el amigo se rió, preguntándome ¿donde vives tú? Le respondí: en el Callao, con toda tranquilidad, como si todo lo que hacían y decían no me llamara la atención de manera alguna. ¡a carajo! eres del Callao ¿en que calle del Callao vives?

Yo seguía manejando, no sabía cómo salirme de esta circunstancia, sabía que forzando la situación perdía toda posibilidad de escapar, lo cierto es que tenía la seguridad que eran un par de “malandrines” decididos a hacer de las suyas, ya sea robándome, maltratándome o llevándose el vehículo.

Trataba de mantener la calma y mostrarme dócil y dominado. Y contesté: Ancash, cerca a Vigil; a lo que el gigantón que venía en el asiento posterior, tirándose hacia el espaldar del asiento de atrás, casi gritando, vociferando algunos improperios, dijo: yo conozco el barrio, tú eres un pend… entonces, acto seguido, soltó una sonora risotada, en ese instante llegaba al semáforo que está en el cruce del Jr. Santa Cruz, paré, pues la luz roja me obligaba, ambos me miraron y acto seguido miraron el “semáforo” sin pensarlo dos veces, acto seguido saqué la llave del contacto, abrí mi puerta, casi “sin moverme” y salté del vehículo y corrí a la parte posterior del vehículo, abrí la portezuela del motor, sacando el chicote que habilita corriente al distribuidor desde la bobina, con la seguridad que sin este chicote el vehículo no arrancaría, luego de sacar el chicote, retrocediendo unos pasos, miré hacia la puerta del vehículo, el pasajero que venía delante, ya estaba parado, hablando, gritando diría, lanzando improperios, y el que venía en el asiento de atrás, ya tenía la cabeza afuera, vociferaba y “luchaba” por bajarse, pues su tamaño y envergadura le dificultaba su bajada, finalmente los dos estaban fuera del vehículo y decían ¿que pasa?, les respondí, siempre a distancia: se ha malogrado el carro, no pasa corriente. Los dos se acercaron al motor, lo miraron y me dijeron: “ven, yo soy mecánico, yo lo arreglo”.
Entre preocupado y decidido les respondí: ¡no!, tomen otro taxi. Ellos con los brazos insistían en que me acercara, viendo que no les hacía caso alguno, comenzaron a vociferar, mi preocupación era tremenda, pues no pasaban carros, y no se veía peatón alguno, yo me mantenía a unos 20 metros de los amigos “asaltantes”.

En eso como haciéndome caso a mis sugerencias, pasaba un taxi por el Jr. Santa Cruz, el que pararon, el más “fortachón” a un era reticente a tomar el otro vehículo, caminando hacia el otro taxi, volteaban a mirarme, finalmente subieron al taxi y se fueron.

Aún así me tomé mi tiempo, ya había oscurecido, me acerqué a mi vehículo, conecté el chicote a la bobina y al distribuidor, encendí el motor y continué mi ruta por las calles, buscando usuarios sin malas intenciones, que necesiten un servicio de taxi, realmente.

jueves, 2 de diciembre de 2010

ESCUCHANDO LA RAZON


Los inviernos en los espigones siempre son mas marcados, la lluvia, la humedad del mar, la agitación de las aguas, el barro en el piso de los espigones, la brisa fría y humedad, la oscuridad de la noche, todo contribuye a presentar un ambiente diferente al día mismo, con claridad.

Para el caso fue una noche de amanecida en un horario de 1:00 am a 7:00 am, horario de amanecida, trabajaba para la Empresa Nacional de Puertos S.A. (ENAPU S.A.) por nombrada me correspondía trabajar en el Espigón Nº 3 para un buque que descargaba VANES o CONTENEDORES, llenos de mercancías, con pesos variados de 10, 20, 30, 40, 50, 60, toneladas y eran de 20 pies y 40 pies.

Los que conocemos o hemos visto una nave cargada de estos “contenedores”, habrán notado que vienen, tanto en las bodegas como sobre la cubierta en rumas de uno sobre otro, pueden ser 2, 3, 4, 5, 6, 7, lo que da una altura bastante impresionante, sobre todo si está anclado y se observa desde tierra.

Para el caso que relato, cumpliendo con la nombrada, tomé un “tractor” llámese así a un vehículo, de fuerte estructura, preparado para “jalar” “plataformas” igualmente estructuras de fierro con llantas pequeñas, de poca altura, especiales para soportar grandes pesos, estas van enganchadas al “tractor” y así se transportan sobre ellas las mercancías que se descargan en los buques, para el caso, se trata de descarga de “vanes” o contenedores.

Es el caso que ya eran las 6:00 am, faltaba una hora para retirarme, cumpliendo con el horario, ya había trasladado varios “vanes” a la zona donde correspondía dejarlos, cuando llegó al espigón con el tractor y la carreta vacía, había cierta algarabía y gritos de urgencia y algunas voces, muy aparte del portalonero dirigiéndose a mi, ordenaban que ingresa con el tractor por debajo del “van” de 40’ pies que pendía del “huinche” sostenido por 4 cables en cada extremo, para depositarlo en la “carreta” que venía jalando (todos agitados, apurados, pues ya terminaba la jornada y querían terminar con la descarga de vanes).


Es así como entré sorprendido, soñoliento, algo cansado por las horas transcurridas y el trabajo, continué detenido, muchos agitaban los brazos, gesticulaban (no es usual efectuar este tipo de maniobra, por precaución primero se cuadra la plataforma y luego se procede a sacar el van).

Como decía, la premura por el tiempo y la presión del mismo trabajo, me ubicó en esta situación bastante desagradable, finalmente bajé de la máquina, buscando que dialogar y explicar las normas de seguridad, la algarabía era tal que aferrándome a mi sentido de conservación, pensaba: y si se cae”, visto en el aire un contenedor de 40’ pies se ve inmenso y peligroso, así es que continué caminando y preguntando ¿a quién le hago caso? ¿quién es el encargado? ¿quién manda acá? La respuesta fue clamorosa en coro y altisonante. En ese instante se rompen dos cables de uno de los extremos y el “van” gira cual péndulo de un reloj, con un ruido estrepitoso, rozando el piso del espigón y el casco del buque, cual guadaña gigantesca, hasta finalmente quedar parado, recostado al buque, sostenido por los dos cables restantes, justo donde debía estar yo y la maquina que por cierto hubiera sido barrido el ir y venir del van o contenedor.

Observando el panorama, silencio sepulcral, di media vuelta y subí a mi máquina, (tractor) regresando a mi base, no sin antes agradecer encontrarme bien y salvado providencialmente, se que ningún trabajador pensó que pudiera suceder el hecho manifestado, pero sucedió y sucede cuando el fragor del trabajo nos hace olvidar las normas de seguridad, en muchos casos las consecuencias son fatales y nadie queda para constatarla.

El trabajo ennoblece al ser humano, pero también mata cuando no se toman precauciones con las normas.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

UN CABALLO DESBOCADO


El Departamento de Ica, hoy Región Ica, se encuentra al sur de la Región Lima – y a 100 k/mts. mas al sur, se encuentra la provincia de Palpa.

Por la carretera Panamericana Sur, desde Lima, la capital del Perú, se llega hasta Tacna, frontera con Chile.

En el año 1954, aún vivía en la provincia de Palpa – Región Ica, tenía 14 años de edad. El Valle de Palpa regado por el río Palpa y otros era hermoso, su campiña, se veía alegre, la fragancia de su vegetación inundaba todo el ambiente lleno de arboles frutales. Su clima en todo los meses del año era cálido y seco, pues la temperatura ambiental cálida durante todo el año, nos permite decir que las energías que irradia el “dios sol” como dirían los antepasados incas y pre incas, mantienen a su gente siempre activa, cargada de radiaciones y energías positivas, la mejor noticia para los enfermos de un mal tan “perverso” como lo es el asma, la detiene, la cura y por último permite olvidarla, su clima seco y cálido es gozoso por el verdor de su campiña, los variados frutales, destacándose la naranja, sabrosa y olorosa, como no hay otra en el mundo, tiene en su cuenca 5 ríos que año a año refrescan sus valles, con una historia milenaria, sin par, aún no puesta en valor, guardando aún en las entrañas de su tierra mucha historia tanto cultural como artesanal y de conocimiento científico como el calendario solar, y figuras lineales.

El río que pasa por el pueblo de Palpa es el río Palpa que nace en la Región Ayacucho, provincia de Lucanas, distrito de Llauta a más o menos 2600 mts de altura.

Justamente el relato que a continuación haré se desarrolló en el camino que va de la ciudad de Palpa hacia el interior, la sierra, propiamente dicha, este camino plano de 3 a 4 metros de ancho, va bordeando los cerros, se ven altos, carentes de vegetación, bastante empinados, caminos poco transitados, zigzagueante en todo su recorrido, por el otro flanco del camino están las chacras, terrenos de cultivo.


Es el caso que en los años 1950, era un joven (niño) acostumbrado a viajar a caballo, correr en “pelo” (sin montura, ni cubierta alguna en el lomo del caballo)


Salí de la ciudad de Palpa a eso de las 4 pm por alguna razón debía dejar el caballo de mi papá, en el fundo Cieneguilla, así se llamaba el fundo de mi tío francisco Bendezú, tenía que recorrer una distancia de 8 kms a caballo, 2 horas de viaje.

Como dije en líneas arriba, este viaje no tendría nada que recordar ni anecdótico, sino fuera por los sucesos que señalaré a continuación.

El viaje lo hacía en mi caballo, bien ensillado, con bridas en buen estado, el corcel era bastante joven, podría decir manso, pero fuerte, para caminar grandes distancias, pues ya lo había probado en otros viajes, mucho mas largos.

Es así como en el recorrido hacia el fundo Cieneguilla, en un recodo del camino, a la altura de un fundo llamado Moyaque, existían unos árboles de guarango (así lo identifican en el sur, en el norte los llaman algarrobos) que por cierto daban sombra al otro costado del camino, se elevaban los cerros a gran altura, escarpados, había un profundo silencio, más los deseos de miccionar no aconsejaban mayor espera; me apeé del caballo, que por cierto para mi estatura y largo de piernas resultaba una maniobra bastante exigida, cogiendo siempre la rienda, cumplí con el “cometido” propuesto, cuando al subir se escucha en las alturas de los cerros un tropel de rozar de piedras, un rodar profundo y sordo. Más aún un sonido agudo de campanillas, murmullos grupales, olores mil.

Todos los del lugar sabe que por lo menos en todo el recorrido de 4 kms existen tumbas pre incas, muchas no profanadas y otras sí y que el camino mencionado está al borde de este “cementerio” diríamos así en nuestro tiempo, pero llamamos a estas tumbas donde se cobijan cientos de momias, restos pre incas, desdeñando sus valores, riquezas sobre todo la voz de una verdad de herencia dejada en esas tierras por quienes las habitaron en siglos pasados. Merecedoras de mayor atención por quienes tienen la obligación de cuidar y poner en valor nuestra heredad.

Es así como mi caballo parando las orejas levantando la cabeza, estirando el cuello, mirando a las alturas, emprendió veloz carrera, quedando yo casi colgado, de lado, en todo caso, podíamos caer al suelo, caballo y jinete con trágicos resultados y así a gran velocidad cruzamos por el caserío de Bellavista, Chichitara, Hornulloc todos los lugareños, como tenderán conocimiento mis lectores crían “canes” “perros” grandes y fuertes, el aullido lastimero de los perros acompañaban el pasar veloz de m cabalgadura, luego de recorrer en las condiciones expresadas unos 3 kms fue bajando el ímpetu y la velocidad mi caballo, hasta llegar a la casa de mi tío Francisco, ya oscurecido el día, tan sudoroso mi caballo como yo, refiriendo lo sucedido mi tío, tocándome los hombros me dijo: César ya pasó, tómate un café, supongo que no tendrás miedo. Yo para mis adentros me decía ¿miedo¿ ¿Qué es eso? Pero mejor, regreso mañana ….. de día, claro y con sol…

UN VIAJE PARA RECORDAR

De Ica a Palpa


Ica, región Ica – Palpa que reúne en sí belleza incomparable, su laguna Huacachina, La Huega, La Victoria, le daban la frescura necesaria a los ciudadanos y visitantes a este hermoso departamento de clima caliente, ventiscas y de sol radiante, su valle lleno de vegetación y sus desiertos cautivan a propios y extraños, entre sus productos vegetales están la vid, la uva, una fruta cuyo origen es muy, pero muy antiguo en el mundo, de cuyo encantador jugo sale la cachina, el vino, el pisco, de sabores variados, celebrándose una fiesta a su nombre y por su razón, llamada la vendimia, festejos a los que acuden desde todos los países del mundo, se celebran grandes peleas de gallos, reinados, carreras de chachigros y otras actividades.

Es un pueblo sumamente religioso y creyente por lo que las procesiones se suceden con cierta continuidad, en la propia ciudad como en sus distritos, siendo el festejo más importante la veneración al Señor de Lúren, que lo acompañan grandes multitudes de creyentes.

Es así como en el verano del año 1954 febrero para ser más precisos, me encontraba en Ica, participando en unos cursos en la gran unidad escolar San Luis Gonzaga, coincidimos con un amigo “palpeño” donde vivíamos a dos cuadras de distancia y nos conocíamos desde niños, es así como nos pusimos de acuerdo para realizar un viaje de Ica a Palpa, 100 kms de distancia por la Panamericana Sur ¡ida y vuelta! 200 kms era un espíritu de juventud aventurera, y nos parecía fácil, fácil y así lo decidimos y lo acordamos, sin medir razones ni consecuencias, ambos teníamos nuestras bicicletas, casi nuevas, marca “Hércules”, la misma marca, nos vitalizaba, eran de paseo, bastante fuertes.

Así pues, un día del mes de Febrero de 1954, salimos decididos a efectuar el viaje a bicicleta de Ica a la provincia de Palpa, serían las 10 am con un sol radiante y por lo menos 22 grados de temperatura, recuerdo que pasamos por unos parrales y decidimos llevar con nosotros algunos racimos de uva ¡para la sed! Dijimos pues, no llevábamos agua ni ningún otro líquido, pasamos Santiago, un lugar desde donde comenzaba el desierto, ya teníamos un sol candente, avanzamos unos 5 kms y comenzamos a sentir el embate de los vientos cargados de arena caliente y así continuaba pedaleando, consumimos toda la uva, parábamos a intervalos y nos animábamos a continuar, paraban algunos vehículos, camiones, camionetas y otros nos invitaban a llevarnos, pues es de suponer que nuestro aspecto no era muy saludable, las “paracas”, vientos cargados de arena del desierto iqueño nos envolvían periódicamente, teníamos hambre, habíamos bajado de la bicicleta y caminando a pie varias veces y así serían las 5 pm cuando llegamos del distrito de Santa Cruz, ya estábamos en la provincia de Palpa llegando al “túnel” el que teníamos 150 mts de largo por donde pasaba la carretera Panamericana Sur, nos detuvimos un momento antes de ingresar al túnel que por cierto se veía oscuro y al final se distinguía una claridad, era la salida, nos alegramos pues sabíamos que desde ahí se iniciaba una bajada, todo era pendiente, por lo menos 3 kms hasta llegar al distrito de Río Grande y así con cierto ánimo ingresamos al “túnel” avanzamos unos 50 mts por cierto que la pista dentro del túnel era en bajada, lo que hizo que nuestras bicicletas tomaran velocidad, se engancharan y caímos estrepitosamente, uno sobre el otro, entre las bicicletas, no veíamos absolutamente nada, era una oscuridad sepulcral, diríamos y así escuché la voz de mi amigo Alejandro quien se quejaba pues decía no me muevas, pues habíamos caído cerca uno del otro, estábamos sobre las bicicletas, traté de reincorporarme y él insistía que no lo mueva, diciendo “el timón de la bicicleta me ha atravesado el estómago” pensé en ese momento lo peor.

Por un instante pensé lo peor, el sol, el cansancio, la sed, esta minando nuestra cordura, el hambre nos había debilitado, es así como arrastrándome un poco, guiado por su voz, llegué a su lado, pude tocar su cuerpo que boca abajo permanecía sobre una de las puntas del timón de su bicicleta, en una reacción mas por la preocupación que me causaba el escuchar que estaba “herido de muerte” metí mi mano bajo su vientre llegando a tocar el timón, subiéndola hasta tocar el final del tubo del timón, metiendo mi mano entre el timón y la barriga de mi amigo Carlos descubrí, tuve la certeza, de lo que le sucedía y entre sorprendido y aliviado le dije “fuerte” pues las palabras resonaban dentro del túnel y si se levantaba la voz aún más ¡estás vivo! ¡estás vivo! El timón no te ha herido, no sientes mi mano, muévete, sal a un costado, que estas sobre la punta del timón, acto seguido con la otra mano lo empujé de costado, tratando que salga de la posición incómoda en que se encontraba.

Acto seguido escuché que decía ¡no tengo nada! ¡estoy bien! Y así estos gritos y palabras, nos reanimaron, parándonos en medio de una oscuridad absoluta, recogimos caminando haciendo rodar nuestras bicicletas y seguimos caminando hasta salir del túnel, por suerte, no venía ningún vehículo, en ningún sentido, seguramente que podía habernos sucedido algún percance mayor, llamémosle suerte o buena ventura.

Una vez fuera la visibilidad era tenue y dándonos valor hicimos un registro de nuestras heridas, yo tenía un tremendo raspón en la rodilla, que me sangraba, un codo igualmente raspado, así como el antebrazo, mi amigo Carlos tenía parte de la cara raspada, el brazo desde la muñeca, codo raspado y le dolía una rodilla.

Nos miramos y dijimos, ya estamos cerca, aun a pie tenemos que llegar e iniciamos el descenso por esa carretera, en cuyo tramo, muchos ómnibus se fueron al precipicio, accidentes donde muchos pasajeros perdieron la vida, decían que uno de los hermanos Gálvez, corredor de autos de esa época, que cuando subía hacia el túnel viniendo de Arequipa, su máquina no podía trepar y dándole vuelta a su auto inició el ascenso, llegando a la cúspide, hay una curva y luego se va directo al túnel en mención, pues parece que fue la emoción o una distracción, impulso tan fuerte su vehículo que cayó al precipicio de mas de 200 metros, deslizándose hasta el fondo, llegando ileso, iniciando el ascenso a pié presuroso, llegando a la cúspide, la carretera, cansado y agotado, recogiéndolo otro corredor (Alvarado) quien lo dejó en Ica (ciudad) pues la carrera era hasta Lima, ¡nobleza manda! Dirían los abuelos y… así por esos caminos penosamente casi 5 kilómetros entre subidas y bajadas pasamos por Río Grande llegando a Palpa a las 9 pm cruzando Los Portales de Palpa con nuestra bicicleta al costado, rodando aún, alegres henchidos y orgullosos por haber llegado, tristes por que se acababa tan simpática aventura.

Mi amigo Carlos se quedaba primero, pues yo tenía que caminar dos cuadras más, nos despedimos diciendo ¡hasta mañana, tenemos que regresar! Amanecí volando de fiebre, con dolores en todo el cuerpo, atendido por mi santa madre que me miraba con pena, lástima y mucho pero mucho amor maternal, queriendo que le contara que había pasado y yo insistía en que me dolía todo el cuerpo…. Y el regreso ….? Luego me enteré que mi amigo Carlos estaba igual que yo…

Se sufre… pero se aprende …

sábado, 27 de noviembre de 2010

CONVERSANDO CON UN TRUHAN


En los años ochenta, amén, el Callao, su comercio estaba centralizado en las avenidas Buenos Aires (hoy Miguel Grau), Sáenz Peña (hoy Lima) donde se ubicaba el Mercado Central del Callao, las trasversales, calle Arequipa, Lord Cochrane, Salón, Guise, Av. Dos de Mayo, la concurrencia de los habitantes del Callao, desde los distritos y anexos era constante, sobre todo los sábados y domingos, el transporte público de pasajeros, era abundante, taxis, colectivos, micros, buses, con líneas de servicio que lo cruzaban de sur a norte, de este a oeste, en esta realidad narraré un hecho que en el tiempo, lo veo anecdótico y hasta gracioso.

Es así como yo trabajaba en una línea de microbuses (la línea 61M) cuyo recorrido iba desde La Perla a la urbanización Vipol (por el aeropuerto Jorge Chávez).

Era un día domingo, serían aproximadamente las ocho de la noche, venía manejando un micro, marca Dodge – D500 – para 27 pasajeros con dirección hacia La Perla – por la Av. Buenos Aires, sentía que venía calentando el motor, por precaución, cruzando el Jr. Cochrane, avancé unos 30n metros, había gente caminando, con cierto alborozo y algarabía, los comerciantes aún pregonaban sus mercaderías, solicité al poco público que transportaba, que tomaran el carro que venía (8 pasajeros) y es así como me quedo solo, dentro del vehículo, sentado frente al timón, pensando en tomarme cierto tiempo para darle la oportunidad que se enfríe el motor.

Cerré con la palanca la puerta de atrás, dejando abierta la puerta de adelante, pues me disponía a descansar yo también, ya que había manejado desde las 6 a.m.

Cuando de pronto desde el filo de la vereda y con un pie en el estribo, escucho una voz ronca y fuerte que me conminaba a darle mi plata, según él, grataba, ¡dame tu plata! y una serie de improperios acompañaban a esta orden.

Lo miré y vi a un negro de esos que marcan la excepción, pues la gran mayoría son alegres y sandungueros como decía don Nicomedes Santa Cruz, calculé que tenía 1.90 de alto, bastante flacón, con mirada ausente, lo más llamativo era un cuchillo de más de 30 centímetros, de hoja ancha y reluciente que portaba en la mano derecha (de esos que usan los carniceros), como quiera que el negro no subía aún los dos escalones que tenía el vehículo, salí por el costado de mi asiento, parándome en el pasadizo, el atacante siguió gritándome, lo vi subir bastante torpe pero era el cuchillo el que me atemorizaba, le dije: espérate, voy a sacar la plata. Acto seguido, a paso ligero avancé al fondo del vehículo, señalando con mi brazo estirado, le decía: ahí atrás, debajo del asiento está la plata.

Noté que creía en lo que le decía, pues a medio recorrido del pasadizo se paró y casi saltando, bajé el primer escalón de la puerta de atrás del vehículo, acto seguido, con el pie pateé el centro de la unión de las varillas que al flexionarse permitían abrir la puerta y así bajé del ómnibus.

El tema era ¿Cómo dejar el vehículo? Avancé hasta la puerta delantera, subí, siempre perseguido por el atacante, quien blandiendo el cuchillo seguía pidiéndome mi plata, pues gritaba ¡Dame tu plata! &%(//&$%$

Opté por avanzar por el pasillo siempre calculando que el atacante subiera, corrí por el pasillo, valido de la torpeza con que caminaba el demente este (que ya no me cabía duda, que se encontraba pasado de alcohol y droga) agachándome pegado a la carrocería, llegué hasta la puerta delantera, cuando vi que sacaba el cuerpo por la puerta trasera, subí al vehículo lo más rápido posible, cerré la puerta, la aseguré con la palanca correspondiente, mientras él trataba de llegar a la puerta delantera, ya yo estaba en la puerta trasera, asegurándola para que no se abriera, al encontrarse el asaltante con la puerta delantera cerrada, perdió tiempo golpeándola y clavando su cuchillo, una y otra vez, contra el plástico de la puerta, yo corrí, me senté en el asiento del timón y arranqué mi vehículo y emprendí la marcha, siempre escuchando los gritos y las amenazas del energúmeno que según él debía darle ¡mi plata!.

Pensé: bien dicen “más vale aquí corrió, que aquí murió”
Y así continué mi curso cotidiano por las calles del Callao.

martes, 23 de noviembre de 2010

CUMPLIENDO CON LA PATRIA


En el Primer Puerto del Perú, ubicado en el Callao, administra do por la Empresa Nacional de Puertos ENAPU S.A. en el año 1988 trabajaba para ENAPU S.A.; pertenecía al Departamento de Transportes, para entonces manejaba un elevador (llamado “pato”) que es un elevador de carga, su estructura es sólida, acondicionada para levantar pesos en este caso, hasta 5 toneladas. Los horarios de trabajo que se cumplían en ese entonces eran de 7 horas en el departamento éramos 350 operadores y habían grúas, elevadores (patos) de diferentes tamaños y coberturas en el levantamiento de pesos llamémosles chicos (2 toneladas), medianos (5 toneladas) y grandes (10 toneladas).

Grúas, tractores los que daban los servicios tanto en almacenes, zonas,, espigones, buques, según fueran las solicitudes de servicio, todos trabajábamos de manera organizada, con cierto alborozo y alegría, manteniendo un buen nivel de camaradería, compañerismo y colaboración mutua entre todos los que constituimos el Departamento de Transportes.

La fe y la confianza en el futuro para el trabajador y sus familias era lleno de esperanzas y felicidad, sin zozobras y sin nubarrones.

Es así como una mañana de un día que pudo ser triste y sin recordación para este servidor, me nombraron a la zona 6 como operador de un elevador, para este caso de 5TN, se trataba de levantar unos tubos de fierro de dimensiones variadas, en cuanto al grosor de 12 a 15 mts. de largo, es así como cumpliendo con la presentación en la zona, se dispuso se cargaran los camiones que para este efecto estaban esperando en cola (uno detrás de otro) llegaba ya la hora de salida, 2pm., y el último camión que estaba cargando el que tenía unos “palos” (digámosle así) para sostener los tubos que se iban montando (cargando en la plataforma) como único “tope” lado a lado de la plataforma, incrustados en orificios que tienen las plataformas, es el caso que los tubos puestos en la plataforma ya tenían una altura considerable pero como es usual en estos casos, casi siempre el chofer del camión trata de llevar el mayor peso posible, ya que cobraban por tonelada de peso, me solicitó que le agregara 5 tubos más sobre la carga.

Paré mi máquina, observé la carga detenidamente no viendo obstáculo ni riesgo alguno, decidí efectuar esta maniobra, así es que cogí los tubos que se encontraban en el suelo, con las uñas del elevador, me aproximé lentamente al camión, elevándolos por lo menos 3 a 4 metros y como es usual acercándome busqué el lugar más apropiado donde depositar la carga (tubos 5) retirando las uñas hacia atrás, cuando ya confiado iba a retroceder la máquina, sentí un ruido ensordecedor, levanté la vista y vi como iba cediendo la parte alta y los tubos caían al suelo a mi entorno.

En ese instante que no se, si fueron segundo o minutos, mis sentidos hicieron que mis manos se aferraran al timón y me sintiera el ser más delgado y pequeño que se pudieran imaginar, exigiéndome mi sub consiente a permanecer quieto sin quitar la vista de la ruma sobre la plataforma del camión, la vi irse reduciendo, quedando algunos tubos (5 a 6) pues todos los demás habían rodado, cual billas en una mesa de billar, luego de unos segundos o minutos de permanecer atónito, observé mi entorno, habían tubos regados, regados por doquier, unos sobre otros en posiciones caprichosas, sobre mi máquina habían por lo menos 10 tubos unos parados, recostados a la máquina y solo dos estaban muy cerca a mi, que continuaba sentado sin moverme, uno había atravesado el castillo que tienen los elevadores por el centro y otro lo tenía en forma lineal a mi costado, costado de mi asiento, asentando sobre mi máquina, en ningún momento vi o sentí como llegaron hasta donde se encontraban, siempre pienso que mi ángel de la guarda tuvo mucha chamba, y sobretodo debía estar muy encariñado conmigo, que no hubo tubo que me golpeara.

Es así como los trabajadores nos forjamos, como el acero, en el fuego intenso en el cumplimiento de nuestras funciones, amén de situaciones providenciales.

martes, 16 de noviembre de 2010

CALLAO Y SUS PENUMBRAS

EN MEMORIA AL AMIGO NELSON MENDOZA

Eran los años de la década del 60; años en que la pesca estaba en bonanza, así como muchas otras actividades e industrias en el Callao, no dejando de lado el comercio de la Av. Buenos Aires, Sáenz Peña (Lima) eran arterias muy concurridas y alegres, los cines aún eran concurridos, Bellavista, Callao, Badel, América, Avenida Sáenz Peña, Pacífico, Porteño, La Perla, La Punta era un balneario de polendas, con sus casonas hermosas, los tranvías eran añorados con cercanía, el transporte público de pasajeros se hacía en autos “colectivos” se llamaban y ómnibus la línea siete “Lima Callao, por la Av. Venezuela, hasta Av. Abancay en Lima, colectivos urbanos e interurbanos como 13, 14, 16, 17, 18, 21, 27, 31, 101, el urbanito, todas ellas transportaban a los ciudadanos chalacos desde sus distritos y anexos al centro, la Av. Sáenz Peña, el mercado del Callao se mostraba bullicioso, alborotado, pero todos, todos, eran gentiles, caballerosos y atentos.

La autoridad portuaria hoy Empresa Nacional de Puertos, brindaba trabajo y seguridad a sus trabajadores y sus familias, sin zozobras ni amenazas, ni con esperanzas banales, pues todos, todos, tenían sus representaciones que permitían el equilibrio social, tan necesario y justo que brindaba una paz social, no solo externa, sino también espiritual.

Bueno pues, en este marco vivencial, el relato que a continuación describo tuvo su desarrollo.

Serían las nueve de la noche de un día del año 1964, era una noche como cualquier otra, hasta el momento en que inicio mi relato, pues en la Av. Sáenz Peña frente a Puno, el ingenio del transportista “colectivero” que transportaba preferencialmente pescadores que cumplirían su “faena” en sus “lanchas” y chalanas, según fuera el caso, en la pesca de anchovetas o en la pesca artesanal para la alimentación, es así como llegando al paradero en el “frigorífico” o muelle de pescadores como se le llama hasta hoy, no tuve mejor idea que regresar por la Avenida Contralmirante Mora (la que comunica la Base Naval con el Obelisco, y es así que no contando con la astucia de mis ciudadanos los “cacos” comencé a recogerlos en casi 200 metros de la Av. Contralmirante Mora (pues hábilmente se habían puesto de acuerdo para tomar el colectivo, como si ellos no se conocieran), es así como recogí a cinco pasajeros y siguiendo la ruta acostumbrada llegué al Óvalo del Callao, Jr. Puno y la Av. Sáenz Peña, y como debía ser, les solicité que bajaran (además había apagón, no funcionaban los cines y el comercio estaba restringido, a excepción de la cantina que quedaba en Puno y Sáenz Peña, tan frecuentada por los señores marineros, donde se producían famosas riñas entre policías y marineros, bueno esto es otro relato, mis pasajeros dadas las condiciones de una noche oscura, me solicitaron los transportara hasta la Prolongación Gálvez y Arequipa Sur, propiamente los barracones, todos asintieron, pensé que en el trayecto se irían bajando, no fue así, todos siguieron hasta el cruce de la Prolongación Gálvez y Arequipa, por ese entonces se había producido un terremoto y todavía había unas carpas de regular tamaño al borde de la calle.

En el momento que paré el auto para que bajaran (mi auto era un Toyota modelo Tiara, que por cierto era bastante reducido, en comparación con las “chalanas”, o lanchas (así se llamaban a los autos Studebaker, Buick, Chevrolet, Ford, Dodge y otras marcas de la época, que eran mucho más espaciosos).

Es el caso, que tener al pasajero del costado con un cuchillo amenazando mi estómago, otro que venía en el asiento de atrás me tenía apretándome el cuello, con un cuchillo puesto, debajo de mi cráneo en el cuello, otro se bajó y abrió la puerta del lado donde estaba yo, hurgando en el piso y mis bolsillos, los otros me tenían de los pelos y de la camisa, pero todos participaban de una forma u otra, y vociferaban, cual energúmenos, pidiéndome les de el dinero, vi que uno de ellos tomaba el sencillo que estaba sobre el tablero, en el cenicero que este modelo de auto trae, y es así como en una noche oscura, por demás, estaba en una situación muy difícil, tratando de calmar a estos circunstanciales agresores, con palabras como “no tengo” “eso es todo lo que hay” recostando al espaldar, el olor de “alcohol”, llámese trago, tabaco y hierba era nauseabundo, casi insoportable, mi cerebro me dictaba “tranquilidad” buscando una salida, en esta difícil situación, vi por el espejo retrovisor venir un vehículo con las luces grandes encendidas, puesto que conforme se acercaba iluminaba todo el ambiente, es de suponer que esta providencial aparición fue cosa del destino o suerte, o, o, o, buen la actitud del chofer del vehículo, no cabe duda, que fue la “mejor” para este su “amigo” redactor, pues acelerando repetidamente su “carro” se paró al costado del mío, iba solo, para esto los “choros” al ver que venía al auto en mención me reconvinieron, me amenazaron, me cortaron el cuello y la barriga diciéndome “no te muevas ….. o te matamos”, presionando el cuello me obligaron a “bajarme” en mI asiento, el que estaba parado en la puerta donde yo me encontraba, tomó la posición como si estuviera conversando conmigo, por “suerte” no cerró la puerta, cuando el carro del amigo ejecutaba la “aceleración a fondo y continua” (para los entendidos se trataba de un Ford 52 de ocho cilindros).

El vehículo que yo manejaba tenía un “lomo” llamémosle así, en el centro, aprovechando que estos “facinerosos” habían aflojado la presión sobre mi cuello y mi estómago obligaron a bajar mi cuerpo sobre el asiento, en todo momento mi cerebro buscaba una salida y me aconsejaba mantener la calma, es así como casi sin pensarlo apoyé mis pies en el “lomo” llamémosle así a la curvatura que estos vehículos Toyota Tiara del año 1963, traen en el centro del piso, dando espacio para la caja de cambios, el impulso fue tan fuerte que al “choro” que estaba en la puerta, cayó sobre la pista y el facineroso que estaba detrás, salió prendido aún de mi cuello, con el cuchillo en la mano, pasando sobre el espaldar del asiento (el asiento era corrido, no dividido como los de ahora), cayendo junto conmigo al pavimento, nos paramos al unísono, uno frente al otro, el “caco” levantó el brazo para acuchillarme, pude tomarle el brazo y dando un paso de costado, tomé distancia de él (los demás, pude observar, tomaban las de “Villadiego” corrían en medio de la oscuridad) arrojándome el cuchillo en la cara (pude evitar que me cayera) escuché una voz que me gritaba, sube a tu carro, vamos, y así lo hice, reconociendo al amigo que manejaba el carro que providencialmente apareciera, (el Ford 52), apellidaba Nelson, vivía en la Av. La Paz, cerca al Jr Brasil (donde vivía y vivo aún yo), tenía la camisa ensangrentada y rota. Bueno, calmada las cosas, a dos cuadras de lo sucedido paramos, llegando al Óvalo Guardia Chalaca (donde se ubicaba el Colegio Canadá) pues sabíamos que existía un puesto policial, para informar lo sucedido, toqué la puerta, me abrió la “ventanita” y por ahí recibí el “auxilio” que buscaba, le relaté brevemente lo sucedido y me manifestó que viniera en la mañana a presentar mi “denuncia” que estaba solo.

Mas pensando en mi amigo, que en mí mismo, dado mi estado de ánimo, decidí darle las gracias y acercándome a Nelson le agradecí y nos despedimos deseándonos ¡suerte!.